Un castro es un asentamiento delimitado o fortificado del noroeste peninsular: su cronología y su forma varían desde la Edad del Hierro hasta fases romanas tardías. «Cultura castreña» es la categoría arqueológica precisa; «celta» describe conexiones lingüísticas y atlánticas parciales, no una identidad homogénea. Las murallas, las casas, los molinos y los talleres documentan comunidades campesinas con desigualdades desiguales según lugar y época. La religión sigue siendo fragmentaria por falta de textos indígenas: las saunas están documentadas, sus usos iniciáticos se discuten. Siglos después, la tradición oral repobló las ruinas con mouros, mouras y tesoros. Borneiro y As Barreiras explican la Costa da Morte; Baroña, en Porto do Son, sirve solo de contraste atlántico; Armea y Santa Mariña de Augas Santas concentran todas esas capas.
Antes de convertirse en ruinas, los castros fueron hogares. Tras sus murallas se molía grano, se trabajaba el metal, se negociaba el prestigio y se miraba un territorio del que dependía la vida. Siglos después, cuando ya nadie recordaba a sus constructores, la tradición gallega los pobló de mouros, tesoros y pasadizos. Entre lo excavado y lo contado se abre una historia más compleja —y más fascinante— que la postal de una Galicia «celta» detenida en el tiempo.
Este artículo avanza de lo tangible a lo discutido: primero la muralla, la casa y el objeto; después la identidad y la ritualidad; y al final la memoria legendaria. Cuando una afirmación depende de una comparación y no de un contexto arqueológico inequívoco, el texto lo dice.
Un castro es, ante todo, un asentamiento delimitado o fortificado. La palabra sirve para realidades muy distintas: recintos pequeños y grandes núcleos, poblados de interior y penínsulas costeras, ocupaciones breves y secuencias prolongadas. *Croa* designa habitualmente el recinto superior o principal; *citania* se ha aplicado a grandes asentamientos, sobre todo en el ámbito galaico-portugués, pero no equivale a una categoría política uniforme. Las murallas, parapetos y fosos son los rasgos más visibles, no necesariamente los únicos ni siempre contemporáneos entre sí.
Sobre el número total conviene ser honesto: el material divulgativo institucional recoge cifras de varios miles, pero cambian los criterios de inventario y clasificación. Es preferible hablar de miles de yacimientos catalogados o propuestos antes que fijar un número absoluto.
De la Edad del Hierro a la época romana. La cronología debe contarse como proceso. Hay antecedentes de ocupación fortificada en el Bronce Final; el modelo castreño se desarrolla durante la Edad del Hierro y alcanza expresiones diversas antes y después de la conquista romana. Algunos yacimientos se abandonan en torno al cambio de era; otros crecen o se reorganizan en los siglos I–II d. C.; otros, como Viladonga, muestran un protagonismo mucho más tardío, entre los siglos II y V d. C. según la revisión cerámica. Por eso resulta incorrecto fechar todos los castros «entre los siglos VI a. C. y I d. C.» como si compartieran una biografía idéntica.
Murallas, fosos, croa, casas y talleres. Las defensas pueden formar una o varias líneas, con accesos rectos, acodados o reforzados según topografía y fase. El recinto principal o croa concentra el espacio habitado; en los grandes asentamientos aparecen recintos concéntricos, barrios y terrazas. Las viviendas presentan plantas circulares, ovaladas, angulares o rectangulares, a menudo agrupadas en unidades domésticas con patios, hogares, depósitos y áreas de trabajo. Molinos, hornos, moldes, escorias, herramientas y recipientes revelan molienda, cocina, tejido y metalurgia. Drenajes, canalizaciones, aljibes o fuentes muestran planificación, mientras las calles estructuran la relación entre casas y espacios comunes. Los edificios singulares —saunas, santuarios, espacios de reunión— aparecen solo en ciertos lugares: no todos los castros tenían el mismo repertorio.
El paisaje como recurso, defensa y lenguaje. La altura ofrece control visual y capacidad defensiva, pero un castro no se eligió solo por dominar el horizonte. Los análisis territoriales relacionan muchos emplazamientos con suelos de cultivo, agua, pastos, pasos naturales y áreas de captación cotidiana. Otros controlan rutas marítimas, estuarios, minería o corredores fluviales. La posición es una negociación entre seguridad, acceso a recursos, comunicación y visibilidad social; las conclusiones de una comarca no deben trasladarse mecánicamente a toda Galicia.
Una precaución de vocabulario: no conviene llamar «ciudad» a cualquier castro. El término puede ser razonable para grandes núcleos articulados —Lansbrica o Santa Trega en sus fases de mayor desarrollo—, pero sobredimensiona asentamientos más pequeños.
Hablar de «castros celtas» ayuda a reconocer una búsqueda popular, pero exige una precisión: los arqueólogos estudian una cultura castreña diversa, conectada en algunos aspectos con mundos de lengua y tradición célticas, no una nación celta homogénea extendida sin cambios por toda Galicia.
Lo que significa «celta» para la arqueología y la lingüística. El término cambia de significado según la disciplina. Desde la lingüística puede referirse a lenguas o a nombres personales y divinos de filiación céltica; las fuentes clásicas emplearon etnónimos sin construir un mapa étnico estable para todo el noroeste; la arqueología observa estilos, tecnologías y redes de intercambio. El propio Museo Arqueolóxico Provincial de Ourense describe la cultura castrexa como cultura local de la Edad del Hierro, tradicionalmente vinculada al mundo céltico, advirtiendo que el alcance de esa vinculación debe matizarse.
Sí puede afirmarse que existen nombres, teónimos y testimonios antiguos que permiten discutir componentes célticos en el noroeste; que la orfebrería, ciertos motivos y las redes atlánticas muestran repertorios compartidos; y que la cultura material presenta desarrollos locales muy marcados.
Celtismo moderno, identidad y límites del término. Las identidades contemporáneas añadieron a la palabra una dimensión romántica, nacional y atlántica que forma parte de la historia cultural gallega y merece explicarse como recepción del pasado, no como descripción de la Edad del Hierro. Conviene evitar cuatro atajos: «los celtas gallegos» como sujeto que piensa y actúa igual durante ocho siglos; un mapa de la Galicia prerromana calcado de la comunidad autónoma actual; druidas, calendarios pan-célticos o festividades modernas usados como explicación directa de un hallazgo; y la falsa disyuntiva entre «Galicia fue celta» y «Galicia no tuvo nada celta». La evidencia admite conexiones y diversidad a la vez.
La evidencia cotidiana aparece en el hogar, los recipientes, los molinos, las semillas, los restos animales, las herramientas y los residuos de producción. Estas huellas sostienen una lectura de comunidades campesinas en las que la unidad doméstica producía y consumía buena parte de lo necesario. El modelo es útil, aunque procede de estudios regionales concretos y no convierte todos los castros en aldeas igualitarias.
Familia, trabajo, agricultura y ganadería. Los cereales y las leguminosas están documentados en distintos yacimientos, y los molinos y espacios de almacenamiento permiten reconstruir la transformación del grano. Bovinos, ovicaprinos y porcinos aportaban alimento, fuerza, fibras y abono, con un peso relativo que dependió del paisaje. En la costa, la pesca, la recolección de moluscos y la navegación complementaron la economía de los asentamientos litorales, aunque no explican por sí solas su subsistencia.
Artesanos, guerreros, élites e intercambio. Alfarería, tejido, carpintería, talla de piedra y metalurgia aparecen en herramientas, moldes, fusayolas, escorias y productos terminados. Los objetos importados, los metales y las cerámicas revelan contactos atlánticos y mediterráneos: los castros de Neixón son especialmente útiles para narrar conexiones tempranas; Armea, para los circuitos comerciales galaico-romanos. La acumulación de objetos de prestigio, las diferencias arquitectónicas y la aparición de escultura guerrera o epigrafía en contextos tardíos apuntan a jerarquías y élites locales; lo discutido es su intensidad, estabilidad y traducción política. Las fuentes romanas hablan de *populi* y *civitates*, categorías administrativas y etnográficas que no deben proyectarse como si fueran estados modernos ni tribus inmutables.
Conviene además evitar personajes prefabricados. Las esculturas de guerreros y las armas prueban que la guerra y su representación importaron en ciertos contextos, sobre todo en fases finales y galaico-romanas; no prueban que toda la sociedad estuviera dominada por una casta guerrera idéntica en todas partes. De igual modo, las fusayolas documentan producción textil, pero asociarlas automáticamente a mujeres reproduce una división moderna sin evidencia individual suficiente. Una pregunta útil resume el enfoque: ¿qué puede contar un molino sobre una comunidad que una espada no cuenta?
La religión castreña es uno de los campos donde más fácilmente se confunden hallazgo e imaginación. No conservamos mitos escritos por estas comunidades ni inscripciones en sus lenguas que expliquen una doctrina. El registro combina objetos, arquitectura, depósitos, esculturas, epigrafía ya en contexto romano y descripciones externas. Toda reconstrucción es fragmentaria y depende de comparaciones.
Agua, ofrendas, límites y divinidades. Fuentes, cursos de agua, cuevas, pasos y límites pueden concentrar prácticas rituales, pero la presencia de agua no convierte automáticamente un lugar en santuario. El contexto decide: reiteración de depósitos, arquitectura específica, inscripciones, selección inusual de objetos o pautas espaciales. La epigrafía de época romana registra divinidades locales y fórmulas latinas, lo que permite estudiar continuidad, adaptación y sincretismo, no reconstruir sin fisuras la religión de siglos anteriores. Monte do Facho, en Donón (Cangas), es especialmente importante por la concentración de aras dedicadas al *deus lar Berobreus* en un santuario romano instalado sobre un paisaje con ocupaciones previas.
Saunas castreñas y pedras formosas. En el noroeste existen edificios con cámara, horno, conducción y, en algunos casos, una gran losa decorada o *pedra formosa*. La experimentación arquitectónica y el estudio comparativo apoyan su relación con baños de vapor o calor. Se han propuesto además usos iniciáticos, guerreros, terapéuticos, purificatorios y comunitarios: pueden coexistir varias dimensiones, pero ninguna debe presentarse como explicación universal. Borneiro aporta un ejemplo relevante en Galicia, y el Forno da Santa entra en este debate por la reutilización y reinterpretación posterior del lugar.
Muerte, enterramientos y el problema del silencio. La dificultad para localizar necrópolis claramente asociadas a muchos castros es un dato, no un permiso para inventar una ceremonia. Suelos ácidos, prácticas que dejaron poca huella y cambios rituales pueden contribuir al vacío, pero el rito funerario general sigue siendo uno de los grandes problemas de la investigación. Las cabezas esculpidas o cortadas tampoco prueban por sí solas un culto paneuropeo a la cabeza: deben analizarse por cronología y contexto.
Por qué no podemos hablar de druidas como un hecho. No hay prueba directa local comparable a una fuente indígena que documente una institución druídica gallega. Lo mismo ocurre con la llamada «triple muerte»: combina formas de morir en paralelos clásicos y medievales para proponer una estructura religiosa indoeuropea o céltica. Es una línea de interpretación historiográfica, no una evidencia excavada de un ritual en Santa Mariña o en Armea. La regla de oro es sencilla: si la función ritual depende de una comparación y no de un contexto arqueológico inequívoco, el verbo debe mostrarlo —«se ha propuesto», «podría», «se discute»—.
Los objetos no hablan solo por su belleza. Un torque sin procedencia precisa puede demostrar una técnica, una aleación y un estilo, pero no quién lo llevó ni en qué ceremonia. La orfebrería castreña exige leer fabricación, desgaste, reparación, depósito y contexto: los estudios tecnológicos muestran soluciones de fundición, soldadura y trabajo de chapas muy distintas bajo una misma apariencia, y recuerdan que muchas piezas llegaron a los museos como hallazgos casuales.
Los torques concentraban metal, trabajo experto y visibilidad; pudieron expresar rango, pertenencia, alianzas o identidad regional, sin que exista una única función demostrada para todos. Arracadas, brazaletes y fíbulas combinaban utilidad corporal con comunicación social. El término «tesoro» debería reservarse para conjuntos o depósitos definidos, no emplearse como sinónimo emocional de cualquier pieza de oro.
Con las armas y las esculturas de guerreros ocurre algo parecido: evidencian prácticas de combate y una iconografía pública del prestigio, y muchas pertenecen a la fase final castreña o galaico-romana, en diálogo con lenguajes plásticos romanos. El Museo de Ourense conserva guerreros de Armea, cabezas y figuras sedentes que permiten explicar esa zona de contacto, no una escultura «celta pura» aislada del tiempo. Menos espectaculares pero decisivas son la cerámica —que fecha estratos, reconstruye cocina y almacenamiento y detecta importaciones— y las tenazas, moldes, tortas de fundición, escorias, molinos y fusayolas que hacen visible el conocimiento técnico.
En el folklore gallego, mouros y mouras habitan castros, mámoas, cuevas, fuentes y penedos. Son dueños de tesoros, trabajan metales, custodian pasadizos o aparecen en momentos liminales. Aunque el nombre pueda evocar a los musulmanes históricos, la figura mítica funciona de forma más amplia: representa a los habitantes antiguos y sobrenaturales de unas construcciones cuyo origen se había olvidado.
Tesoros, mouras, serpientes y túneles. Los relatos de oro enterrado, peines, serpientes, gallinas con polluelos, campanas, vigas encantadas o túneles no son una curiosidad pintoresca. Ordenan la relación entre la comunidad y un lugar peligroso o valioso: dicen quién puede entrar, qué prohibición no debe romperse y qué precio tiene apropiarse del tesoro. El archivo Galicia Encantada permite localizar versiones y variantes, pero cada pieza debe atribuirse a su registro y no transformarse en «creencia celta». La serpiente guardiana, por ejemplo, puede dialogar con el grabado serpentiforme de Troña como juego de imágenes, nunca como prueba de un culto.
Qué conserva una leyenda y qué no puede demostrar. La leyenda puede conservar la conciencia de que un sitio es antiguo, construido por otros y cargado de materiales excepcionales; puede orientar preguntas patrimoniales y mostrar una continuidad de atención sobre el paisaje. No preserva necesariamente la religión prerromana ni la identidad de sus habitantes. Su verdad es cultural: explica cómo una sociedad posterior imaginó la alteridad y negoció con la ruina. La arqueología excava hacia abajo; la leyenda también. Ambas buscan capas, pero responden preguntas distintas.
La Costa da Morte no debe reducirse a acantilados y naufragios. Sus castros ocupan valles, colinas interiores y bordes litorales desde los que se articulan tierras de cultivo, rutas y visibilidad. El viento, el granito, el bosque y el océano construyen hoy una atmósfera poderosa; esa percepción contemporánea debe separarse de la explicación arqueológica de cada emplazamiento.
Borneiro: una comunidad de piedra en Bergantiños. A Cibdá de Borneiro, en Cabana de Bergantiños, es el yacimiento de referencia del territorio. Su recinto y barrio extramuros, las viviendas de planta curva y angular y el edificio termal permiten narrar comunidad, arquitectura y cuerpo. La información institucional sitúa su ocupación principal en la Edad del Hierro y destaca su excavación y musealización al aire libre. Las cronologías exactas y la intensidad de los materiales romanos varían según la publicación, así que conviene evitar el eslogan simplificador «nunca romanizado».
As Barreiras: un yacimiento donde la investigación continúa. El castro das Barreiras, en Vimianzo, ocupa un emplazamiento estratégico del valle y es objeto de campañas municipales de investigación y puesta en valor. En junio de 2026, el equipo comunicó la identificación de una posible área de culto, con una pieza pétrea interpretada provisionalmente como betilo y otros elementos singulares junto al acceso. La noticia es valiosa porque muestra investigación viva, pero todavía no equivale a una publicación definitiva revisada por pares.
Baroña como comparación atlántica fuera de la Costa da Morte. Baroña se alza en una península rocosa de Porto do Son, en la ría de Muros e Noia. Su relación visual con el océano y la adaptación del recinto al relieve lo convierten en un contrapunto excelente para Borneiro, pero geográficamente no pertenece a la Costa da Morte: conviene decirlo de forma explícita para evitar un error muy repetido. Describir primero la función posible del relieve —defensa, acceso, recursos, navegación— y solo después la sensación de exposición al Atlántico es el orden más honesto: el paisaje evoca, no prueba una creencia.
Sobre Nemeño y otros enclaves de Bergantiños, Soneira y Fisterra, la documentación pública disponible no permite todavía fichas cronológicas comparables. Pueden aparecer en un mapa de distribución a partir del inventario patrimonial, pero no merecen biografías basadas solo en páginas turísticas.
Este conjunto de Allariz (Ourense) es el mejor lugar para materializar la tesis del artículo: no porque confirme una continuidad religiosa lineal desde la Edad del Hierro hasta el cristianismo, sino porque muchas épocas dejaron allí estructuras, objetos y relatos que las generaciones posteriores reorganizaron.
La ciudad galaico-romana y sus antecedentes. Las campañas dirigidas desde la Universidade de Vigo estudian Armea de manera continuada desde 2011. La investigación reciente describe un asentamiento galaico-romano con sectores domésticos de notable planificación y una fase principal entre los siglos I y III d. C. Las campañas de 2023–2024 localizaron niveles de la Edad del Hierro bajo áreas de ocupación romana, lo que abre preguntas sobre el origen y la transformación del enclave. Los contextos cerámicos, los grafitos e inscripciones y la arquitectura doméstica integran Armea en redes de consumo y escritura romanas. La cabeza antropomorfa hallada en 2021 y publicada por el Museo de Ourense en 2026 procede de un nivel de abandono de comienzos del siglo I d. C. y se ha interpretado, con cautela, como posible elemento protector o identitario.
Forno da Santa, agua, piedra y cristianización. El llamado Forno da Santa forma parte de un conjunto arquitectónico reutilizado y cristianizado: un edificio termal o estructura con cámara y horno que quedó incorporado al relato del martirio de Santa Mariña. Sobre el lugar se levantó en la Edad Media la basílica inacabada de la Ascensión, y fuentes y piedras señaladas por la tradición articulan una ruta devocional. La leyenda del martirio es una tradición cristiana transmitida y transformada durante siglos, no una crónica verificable del asentamiento romano ni la descripción de un rito castreño.
¿Lugar de poder? Como categoría cultural, «lugar de poder» puede nombrar la intensidad simbólica de un espacio donde agua, piedra, ruina, culto y relato se refuerzan. Como categoría arqueológica no existe: no demuestra energía, continuidad ritual ni sacralidad prerromana. La formulación correcta sería «un lugar de poder en sentido literario: un paisaje al que sucesivas comunidades atribuyeron autoridad y memoria». De ahí la separación imprescindible: Armea excavada no es una cripta ficticia; el edificio termal no prueba un rito concreto; la basílica medieval no es una construcción templaria demostrada; y la «triple muerte» no es una ceremonia documentada en el yacimiento.
La incorporación del noroeste al dominio romano culminó en época de Augusto, en el marco de las campañas del final del siglo I a. C. Contarlo solo como una invasión seguida de abandono borra dos siglos de cambio desigual. Roma reorganizó fiscalidad, administración, minería, circulación y jerarquías; las comunidades respondieron con traslados, continuidad de poblados, expansión de algunos núcleos y adopción selectiva de objetos y prácticas.
En la arquitectura, casas rectangulares, patios, calles y soluciones constructivas romanas se integran con formas locales: la cronología manda más que la planta aislada. En la economía, moneda, cerámica importada, nuevas vajillas y redes comerciales amplían los indicadores de intercambio, y la minería se inserta en una escala imperial. En la administración, las *civitates* y pactos como la Tabula de Castromao (132 d. C.) muestran negociación e integración de comunidades y élites. En la religión, los teónimos locales aparecen en inscripciones latinas y santuarios como O Facho revelan cultos articulados en época romana. «Romanizado» no significa culturalmente vacío.
Viladonga es la advertencia más eficaz contra una cronología automática: la revisión de sus cerámicas sitúa una intensa ocupación entre los siglos II y V d. C. Armea, por su parte, permite contar una fase urbana galaico-romana asentada sobre indicios anteriores. Ambos casos desplazan la pregunta desde «¿cuándo acabaron los castros?» hacia «¿qué significó vivir en un castro dentro del Imperio?». En resumen: la romanización no borró de golpe el mundo castreño; cambió las escalas del poder, los circuitos económicos y la forma de habitar, mientras ciertas comunidades conservaron, negociaron o reinventaron elementos locales.
La accesibilidad pública se ha comprobado en fuentes institucionales disponibles a 6 de agosto de 2026. Antes de planificar una visita deben revisarse cierres temporales, obras, aforos y condiciones meteorológicas.
Santa Trega (A Guarda, Pontevedra). Ocupación prolongada con auge aproximado entre los siglos I a. C. y I d. C. Gran poblado en terrazas que domina el Miño y el Atlántico; explica urbanismo denso, intercambio y romanización temprana. Materiales en el museo MASAT.
Baroña (Porto do Son, A Coruña). Edad del Hierro, con fase final prerromana o romana temprana según sectores. Península rocosa, dos recintos y casas adaptadas al relieve: paisaje atlántico, defensa y aprovechamiento litoral. Comparación, no Costa da Morte.
Viladonga (Castro de Rei, Lugo). Ocupación intensa entre los siglos II y V d. C., con fases previas objeto de revisión. Croa cuadrangular, murallas, calles y barrios; museo con cerámica, herramientas, ornamentos y monedas. Es el mejor ejemplo de vida castreña dentro del mundo romano y la Antigüedad tardía.
Lansbrica / San Cibrao de Las (San Amaro–Punxín, Ourense). Auge aproximado entre los siglos II a. C. y II d. C. Dos recintos, calles, sistemas de agua y casas con patio a gran escala: centralidad regional, planificación y transformación romana.
Elviña (A Coruña). Aproximadamente entre los siglos III a. C. y IV d. C. Más de cuatro hectáreas, varios recintos y una cisterna o pozo monumental; permite hablar del golfo ártabro, del agua, de la jerarquía y de la larga duración.
A Cibdá de Borneiro (Cabana de Bergantiños, A Coruña). Edad del Hierro, con ocupación principal antes y en torno al cambio de era. Muralla, barrio extramuros, casas y edificio termal: vida cotidiana y ritualidad discutida en la Costa da Morte.
Castromao / Coeliobriga (Celanova, Ourense). Aproximadamente entre los siglos VII/VI a. C. y II/III d. C. Recinto amurallado y la célebre tabula de hospitalidad del 132 d. C.: la comunidad de los Coelerni y la integración jurídica romana.
Troña (Ponteareas, Pontevedra). De la Edad del Hierro a época romana en varias fases. Dos recintos, murallas, casas y un grabado serpentiforme que muestra cómo dialogan un motivo material y su memoria legendaria.
Fazouro (Foz, Lugo). Ocupación galaico-romana aproximada entre los siglos I y III d. C. Pequeño castro costero que ilustra la economía litoral dentro del Imperio; con intervención arqueológica en 2025.
Armea (Allariz, Ourense). Niveles de la Edad del Hierro y fase urbana entre los siglos I y III d. C. Domus, calles, grafitos, inscripciones y escultura antropomorfa: superposición cultural, escritura, comercio y memoria sagrada.
Castros de Neixón (Boiro, A Coruña). Secuencia amplia desde el primer milenio a. C. Dos recintos costeros y centro arqueológico; cerámicas e importaciones que muestran redes atlánticas y mediterráneas antes de Roma.
Castroladín (Cuntis, Pontevedra). Aproximadamente entre el siglo IV a. C. y finales del I d. C. Recinto excavado y proyecto comunitario: arqueología participativa y gestión social del patrimonio.
Monte do Facho (Donón, Cangas, Pontevedra). Ocupaciones prehistóricas y castreñas más un santuario romano de los siglos III–IV d. C., con una concentración excepcional de aras a Berobreus: sincretismo, epigrafía y paisaje ritual documentado.
As Barreiras (Vimianzo, A Coruña). Edad del Hierro, con cronología en refinamiento por campañas. Recinto en valle interior con accesos y defensas en estudio y una posible área de culto comunicada en 2026: el mejor ejemplo de cómo se construye el conocimiento durante una excavación.
«Todos los castros son celtas y de la misma época»: la cronología es diversa y el término exige matiz. «Las casas redondas son celtas y las rectangulares romanas»: la planta no fecha ni identifica por sí sola. «Todos los castros estaban en cumbres defensivas»: muchos equilibran recursos, comunicación, cultivo y visibilidad. «Los mouros legendarios son los musulmanes históricos»: en el folklore la categoría mítica es más amplia. Y usar «Galicia» como unidad política equivalente a la actual en la Edad del Hierro es un anacronismo, igual que proyectar una identidad pan-céltica moderna como conciencia común de los habitantes castreños.
En Santa Mariña de Augas Santas, el agua no borra las huellas: parece ordenarlas. Entre la piedra excavada de Armea, la cámara oscura del Forno da Santa y la basílica que quedó sin concluir, cada época encontró un modo distinto de explicar el mismo paisaje. La arqueología documenta viviendas, cerámicas y transformaciones; la tradición cristiana trazó sobre el terreno la memoria de un martirio; la voz popular añadió fuentes, señales y lugares donde lo visible parecía rozar algo más antiguo. Ninguna de esas capas demuestra por sí sola lo sobrenatural, pero juntas producen una intensidad difícil de ignorar.
Ese territorio de historia comprobable y significados heredados forma parte del imaginario de *Los Hijos de la Peste*. En la novela, Armea y Augas Santas no sustituyen al yacimiento real: lo convierten, desde la ficción, en un umbral narrativo. Porque hay lugares donde la piedra conserva hechos; y otros donde, además, conserva las historias que aprendimos a escuchar.
Mar Llinares García, "La religión en la cultura castreña: estado de la cuestión", *Cuadernos de Estudios Gallegos* 63(129), 2016.
M.ª Dolores Fernández-Posse y F. Javier Sánchez-Palencia, "Las comunidades campesinas en la cultura castreña", *Trabajos de Prehistoria* 55(2), 1998.
Xulio Carballo Arceo, "Los castros de la cuenca media del río Ulla y sus relaciones con el medio físico", *Trabajos de Prehistoria* 47, 1990.
Marco V. García Quintela, "Sobre las saunas de la Edad del Hierro en la península ibérica", *Complutum* 27(1), 2016; y "Between archaeological sites and new touristscapes", *Culture & History Digital Journal* 11(2), 2022.
Martín Almagro-Gorbea, "El rito de la 'triple muerte' en la Hispania céltica", *'Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones* 17, 2012 (interpretación comparativa).
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Fuentes institucionales: Museo Arqueolóxico Provincial de Ourense (cultura castrexa; cabeza antropomorfa de Armea, 2026); Universidade de Vigo (campañas de Armea); Turismo de Galicia (Borneiro); Xunta de Galicia (Baroña, San Cibrao de Las, Fazouro, recursos educativos sobre os castros); concellos de Vimianzo, Celanova, Cangas, Boiro, A Coruña y Allariz; Museo do Castro de Viladonga y Museo Arqueolóxico de Santa Trega.
Tradición oral: archivo Galicia Encantada, dirigido por Antonio Reigosa.
Divulgación: Manuel Gago, "Posible área de culto en el castro de As Barreiras", Culturagalega.gal, 9 de junio de 2026; Fundación Terra Termarum Castrolandín.
Un asentamiento delimitado o fortificado, generalmente de la Edad del Hierro, aunque muchos presentan fases anteriores del Bronce Final o continuidades y transformaciones en época romana. La palabra cubre realidades muy distintas: recintos pequeños, grandes núcleos articulados, poblados de interior y penínsulas costeras.
La cultura castreña tuvo conexiones lingüísticas, onomásticas y atlánticas célticas, pero no fue una población homogénea, y «celta» no significa lo mismo para la lingüística, la arqueología y la identidad moderna. La categoría arqueológica precisa es cultura castreña.
Variaban: circulares, ovaladas, angulares o rectangulares, aisladas o agrupadas en unidades domésticas con patios, hogares, almacenes y áreas de trabajo. La planta cambia con el tiempo y no permite por sí sola separar una «casa celta» de una «casa romana».
No existe evidencia directa suficiente para afirmar una institución druídica local. No se conservan textos indígenas que expliquen doctrinas ni jerarquías religiosas. Puede discutirse como comparación con otros ámbitos, nunca como hecho documentado en un yacimiento gallego.
Seres míticos del folklore gallego asociados a castros, mámoas, cuevas, fuentes y tesoros. No equivalen sin más a los musulmanes históricos: representan a los habitantes antiguos y sobrenaturales de unas construcciones cuyo origen se había olvidado.
Los edificios con cámara, horno, conducción y, en algunos casos, una pedra formosa decorada están documentados y su relación con baños de vapor o calor está bien argumentada. Los usos iniciáticos, guerreros o purificatorios se han propuesto, pero siguen discutidos y no pueden presentarse como explicación universal.
No. Baroña se alza en una península rocosa de Porto do Son, en la ría de Muros e Noia. Funciona como comparación atlántica excelente para los castros de la Costa da Morte —Borneiro o As Barreiras—, pero geográficamente no pertenece a ella.
Combina niveles de la Edad del Hierro localizados en campañas recientes, un importante asentamiento galaico-romano con fase urbana entre los siglos I y III d. C. y un paisaje vecino cristianizado por la leyenda de Santa Mariña de Augas Santas.
No de forma inmediata. Algunos se abandonaron cerca del cambio de era, otros continuaron en los siglos I y II d. C. y varios alcanzaron su mayor desarrollo ya dentro del Imperio, como Viladonga entre los siglos II y V d. C.
No existe una cifra cerrada fiable. Los inventarios institucionales manejan miles de yacimientos catalogados o propuestos, pero el número cambia según los criterios de catalogación y clasificación, por lo que conviene hablar de un rango y no de un total exacto.